domingo, diciembre 01, 2013

Buen Samaritano

 Detengo el carro porque el hexágono rojo dice PARE, quiero salir rápido del grupo de edificios en el que fuí a dejar a un trabajador. Son las 10:30 de la noche y debo regresar a casa pronto. La noche anterior fué Dia de Gracias y no he tenido descanso en las últimas 48 horas. Quiero regresar a casa. Los barrios que no conozco me ponen nervioso. Escucho golpes en la ventana del pasajero. Te veo, me pides que baje la ventana. Me altero internamente, no debo mostrar que estoy nervioso, regla elemental de supervivencia.  Bajo la ventana solamente unos cinco centímetros, los suficientes para que puedas asomar los labios y me digas que necesitas que te lleve a Los Pinos. Estás caminando y el frio del invierno que se acerca es muy fuerte. Recién noto que estás en mangas de camisa y que tu cuerpo musculoso tirita de frio. Lo pienso dos veces antes de permitirte que entres. Supongo que esos dos segundos se meten en tu cuerpo como espinas congeladas. Apenas entras, aumento el aire caliente al máximo y elevo el ventilador a 4.


Te pido que te pongas el cinturón, y recién me doy cuenta que no tengo la más remota idea de dónde quedan “Los Pinos”. Me dices que está cerca. Te pido que me guies. Noto que has estado bebiendo cerveza, “con un amigo mayor”, me dices. Te pregunto cuántos años tienes. “Veintiocho”, me respondes y me cuentas que haces remodelación de casas, vives solo, vienes de Centroamérica y tu familia vive en el estado vecino, Virginia. Me comentas que saliste de la reunion corriendo, dejando tu carro estacionado en una calle adyacente porque tu amigo malentendió las atenciones que tú tenías con su enamorada. Trato de consolarte, decir que a veces los malentendidos ocurren, que las cosas cambian con la luz del dia, y mientras dirijo el timón con la mano izquierda, te palmeo la espalda con la mano derecha. Pongo mi mano sobre la palanca de cambios y tu inmediatamente pones tu mano encima. La siento tibia, cordial, amistosa, afable. Tus dedos van acariciando cada uno de los mios. Sigo manejando, entiendo que las cervezas que has bebido han aumentado tu nivel de confianza.

“Voltea a la izquierda”, me dices cuando llego al semáforo. Siento que tu mano ya no está sobre la mia sino en mi muslo. Acaricias y aprietas, acaricias, y aprietas, y lentamente vas buscando el centro. Sigo manejando. No pronuncio palabra. Claramente pones tu mano sobre mi bragueta. Mantengo mi silencio. Abres el cierre é inicias una búsqueda frenética para liberar al prisionero. Entiendes que se encuentra asfixiado en su prisión y acercas tu boca para brindarle vida. Segundos antes me dices, “estaciona en la segunda casa de la derecha”. Entro al driveway y estaciono, reclino el asiento, quiero dar espacio a tu cabeza.

Detienes tu actividad, me miras. “Por favor, pasa, quiero que conozcas mi casa”, me dices. A veces ser el buen Samaritano tiene sus recompensas.

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