Estaba almorzando en un restaurante oriental cuando recibí tu llamada. Me dijiste que podíamos reunirnos en veinte minutos, te dí mis coordenadas, que no resultaron buenas porque no llegaste a acompañarme a la mesa. Cuando terminé me volviste a llamar, estabas en el centro comercial al otro lado de la pista. Te fuí a ver.
Usamos mi carro para ir al Starbucks donde fuimos la primera vez. Me contaste que estabas en problemas con el tuyo, que lo ibas a vender y comprar uno nuevo, Mientras tomábamos nuestra taza de café conversamos de tu falta de trabajo, del dinero que el gobierno te otorga como asilado, de la intención de mejorar tu inglés para mejorar tus posibilidades, de tu alejamiento del islamismo a pesar de los deseos de tu familia, de tu necesidad de incluirte en ésta sociedad, en los Estados Unidos.
No hablé de mi. Me gusta escucharte. Tuve que terminar pronto la conversación porque era tiempo de regresar al trabajo. No puedo tomar más tiempo del necesario para almorzar y ya me había pasado buenos minutos! De regreso a donde habías dejado estacionado tu auto, te sientas a mi lado, te acaricio la rodilla y la entrepierna en señal de amistad, me sonríes, y me preguntas si voy a alguna iglesia, "a ninguna", te contesté. Me dices que me llamarás para salir la próxima semana.
Pasan los dias y te llamo para escuchar tus disculpas, tu falta de tiempo, la inmensidad de tus problemas, y no me quiero incluir ni entrar a resolverlos. No digo nada, me mantengo alejado, no ofrezco ayuda.
Te veo en tu clase, me saludas de lejos. No te acercas, no me acerco. Mantenemos una distancia prudente y una sonrisa amigable. No te hé vuelto a llamar, no hé recibido llamadas tuyas.
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miércoles, octubre 24, 2012
viernes, octubre 05, 2012
Basem
Te presentaste a mi clase cuando no había terminado todavía, entraste, te sentaste y delante de mis alumnos dijiste: "Tienes tiempo para un cafe?" Te dije si, y continué con lo que estaba haciendo los últimos diez minutos, antes que los alumnos salgan en tropel. Tus más de seis pies no pudieron esconderse detrás de la primera mesa, al lado de la pared, donde te ubicaste. Tu pelo corto, rubio, relámpagueba fuertemente en el imaginario rincón donde creías te habías ocultado. No, no pasaste desapercibido. ¿Es ésa tu manera de no llamar la atención? La última de las alumnas se quedó a hacer una pregunta tonta, lo que realmente quería era verte, que hacías en mi clase, porqué entraste abruptamente, sin tocar, sin pedir permiso. Cuando vió que no podía conseguir más información dijo "disfruten su café", y se fué.
Me acompañaste a mi escritorio, terminé de arreglar algunas cosas en la computadora, esperaste pacientemente los diez minutos que yo quería desaparecieran rápidamente. Quería estar ya lejos de alli, conversando, conociéndote mejor. Cuando terminé, pregunté, "mi carro, ó tu carro?". "Tu auto",, contestaste, "Mi carro está para botarlo a la basura". "El mío está inmundo", contesté, y enrumbamos a dónde lo tenía parqueado. "Sabes de un lugar para tomar café cerca de acá?", preguntaste. "estás en buenas manos", te dije.
Llegamos al Starbucks más cercano, el que se encuentra dentro del Barnes & Noble, pedimos lo mismo, un dark roasted que cada uno aderezó a su manera. Yo le puse chocolate, tu le pusiste canela. Los dos elegimos crema. Yo le puse más.
Me contaste de tu Argelia lejana, de tu Islamismo sin practicar, de lo plástica que es la vida en los Estados Unidos, de cuánto extrañas un abrazo, de lo difícil que es hacer amigos, de que te has matriculado en un curso de inglés que no necesitas, simplemente por buscar compañia; que agradeces mi tiempo y que quisieras buscarme con frecuencia si es que yo te lo permito.
Empezamos bien, pensé. Me hubiera gustado prolongar la tarde, pero no es sensato aburrir en la primera salida. Me excusé con una obligación imaginaria y te llevé de rgreso al parqueo, donde dejaste estacionado tu carro en la universidad. A tu pedido, te di mi número de teléfono que inmediatamente marcaste. Cuando mi celular sonó, me dijiste: "allí tienes mi número, Llámame cuando quieras". "Eres tú quien tiene que llamar", te dije.
Esperaré tu llamada el dia lunes en la tarde, que es cuando los dos supuestamente tenemos algo de tiempo.
Me acompañaste a mi escritorio, terminé de arreglar algunas cosas en la computadora, esperaste pacientemente los diez minutos que yo quería desaparecieran rápidamente. Quería estar ya lejos de alli, conversando, conociéndote mejor. Cuando terminé, pregunté, "mi carro, ó tu carro?". "Tu auto",, contestaste, "Mi carro está para botarlo a la basura". "El mío está inmundo", contesté, y enrumbamos a dónde lo tenía parqueado. "Sabes de un lugar para tomar café cerca de acá?", preguntaste. "estás en buenas manos", te dije.
Llegamos al Starbucks más cercano, el que se encuentra dentro del Barnes & Noble, pedimos lo mismo, un dark roasted que cada uno aderezó a su manera. Yo le puse chocolate, tu le pusiste canela. Los dos elegimos crema. Yo le puse más.
Me contaste de tu Argelia lejana, de tu Islamismo sin practicar, de lo plástica que es la vida en los Estados Unidos, de cuánto extrañas un abrazo, de lo difícil que es hacer amigos, de que te has matriculado en un curso de inglés que no necesitas, simplemente por buscar compañia; que agradeces mi tiempo y que quisieras buscarme con frecuencia si es que yo te lo permito.
Empezamos bien, pensé. Me hubiera gustado prolongar la tarde, pero no es sensato aburrir en la primera salida. Me excusé con una obligación imaginaria y te llevé de rgreso al parqueo, donde dejaste estacionado tu carro en la universidad. A tu pedido, te di mi número de teléfono que inmediatamente marcaste. Cuando mi celular sonó, me dijiste: "allí tienes mi número, Llámame cuando quieras". "Eres tú quien tiene que llamar", te dije.
Esperaré tu llamada el dia lunes en la tarde, que es cuando los dos supuestamente tenemos algo de tiempo.
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